EL GOBERNANTE REHÉN: CUANDO EL CÍRCULO ROJO DICTA LA AGENDA

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Opinión de Dra. Irma Chesty Viveros

Hay un fenómeno que se repite con asombrosa regularidad en los gobiernos municipales y estatales de México: el funcionario que sale a una gira, inaugura una obra, entrega apoyos a familias vulnerables y regresa convencido de que tuvo un buen día de comunicación. Mientras tanto, en las redacciones y en las redes, la conversación pública está dominada por un tema completamente distinto, generalmente incómodo, generalmente adverso. El gobernante habló, sí. Pero no a quienes lo estaban escuchando.

Este es el síndrome del círculo rojo: la captura gradual de la agenda de un gobernante por parte de los actores que producen y consumen información política de manera profesional. Periodistas, analistas, líderes de opinión, operadores políticos y redes de activismo digital conforman ese ecosistema cerrado que, por su volumen y su intensidad, termina pareciendo más grande de lo que realmente es. Y lo más peligroso no es que exista, sino que el gobernante empiece a creer que ese círculo es la opinión pública.

No lo es.

La opinión pública real es más silenciosa, más fragmentada y, paradójicamente, más honesta. Vive en la conversación de la carnicería y en el grupo de WhatsApp de la colonia, en el comentario de la madre en la puerta de la escuela y en el murmullo del mercado. Esa opinión no genera titulares, no tiene voceros y raramente llega a los monitores de medios. Pero sí llega a las urnas.

El error estratégico ocurre cuando un gobierno organiza su comunicación para responderle al círculo rojo en lugar de construir relato para la ciudadanía real. Cada boletín que sale como réplica a una nota crítica, cada conferencia convocada para desmentir una versión adversa, cada publicación en redes diseñada para competir con el trending topic del día, es energía comunicacional que se invierte hacia adentro del sistema y no hacia afuera, donde están los gobernados.

Con el tiempo, ese gobierno se vuelve rehén. Sus temas los pone el adversario. Su agenda la dicta el escándalo. Su narrativa es siempre reactiva. Y el ciudadano que no sigue la política de cerca, que es la mayoría, percibe un gobierno que siempre está en problemas, aunque no sepa exactamente cuáles.

¿Cuál es la salida estratégica?

La primera condición es conceptual: distinguir entre lo que se está diciendo y lo que se está comunicando. No son lo mismo. Un gobernante puede estar diciendo muchas cosas relevantes, anunciando obras, documentando resultados, generando presencia territorial, pero si todo eso no está articulado en un relato coherente con densidad emocional y llegada real a la vida cotidiana de la gente, simplemente no se está comunicando. Se está informando al vacío.

La segunda condición es de disciplina narrativa. Todo gobierno necesita un eje de sentido que no cambie cada semana dependiendo de lo que publique la prensa. Ese eje no es un slogan; es una respuesta clara a la pregunta que toda ciudadanía se hace en silencio: ¿este gobierno está pensando en mí o está pensando en sí mismo? Cuando existe ese eje, el gobernante puede hablar de infraestructura, de seguridad o de salud, y en todos los casos el ciudadano recibe el mismo mensaje de fondo: hay alguien al frente que tiene dirección.

La tercera condición, la más difícil, es la de salir físicamente del círculo. No metafóricamente. Los gobernantes que logran romper la captura mediática son aquellos que mantienen contacto directo y sistemático con territorios y poblaciones que no generan nota. No la gira protocolar con fotógrafo, sino la escucha real, sin agenda predeterminada, donde lo que se recoge no es un testimonio para el video institucional sino información genuina sobre lo que la gente siente, teme y necesita. Esa información, bien procesada, es la materia prima de una comunicación que resuena porque proviene de la realidad y no del monitor de medios.

El cuarto elemento es saber cuándo no responder. Cada vez que un gobierno reacciona de manera inmediata a cada provocación del círculo rojo, valida la importancia de esa provocación y amplifica su alcance. La selectividad en la respuesta no es cobardía comunicacional; es una forma de marcar jerarquía sobre la propia agenda. Los temas que merecen respuesta son aquellos que afectan la confianza ciudadana en hechos concretos. Los que buscan simplemente provocar reacción, a menudo se desinflan solos si no reciben el oxígeno de la réplica oficial.

Gobernar en la era de la fragmentación informativa exige una paradoja: estar muy presente en la vida real de la gente para poder estar selectivamente presente en el espacio mediático. El gobernante que intenta estar en todos los frentes informativos al mismo tiempo no domina la agenda; la padece.

En 2027, los liderazgos que logren consolidar percepción positiva no serán necesariamente los que más aparezcan en los medios, sino los que hayan construido una conversación genuina con la ciudadanía que no hace política de tiempo completo. Esa ciudadanía es mayoría. Y cuando vota, lo hace desde lo que siente, no desde lo que leyó.

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