Opinión de Dra. Irma Chesty Viveros
Durante mucho tiempo entendimos la mentira política como una herramienta de campaña.Un candidato exageraba una cifra. Ocultaba un escándalo. Prometía lo que probablemente nunca cumpliría. Mentía, sí, pero necesitaba que la mentira conviviera con una realidad que seguía ahí, disponible para ser comprobada. Es decir: tarde o temprano, alguien podía revisar los datos, contrastar los hechos y desmentirlo.
Era la mentira como excepción: un episodio aislado dentro de un terreno de hechos compartidos.
Hoy estamos frente a algo distinto y más inquietante: la mentira como sistema.
Ya no se trata solamente de falsear un dato para ganar una elección. Se trata de construir, repetir y sostener, día tras día, una versión alternativa completa de la realidad, hasta que esa versión se convierte en el territorio desde el cual se gobierna.
¿Y por qué es tan grave este cambio? Porque cuando la mentira deja de ser algo ocasional y se convierte en un método permanente, ya no basta con corregir un dato falso. El problema es que se está construyendo un mundo entero alrededor de esa mentira, un mundo que compite con el real.
Hannah Arendt ya lo advertía hace décadas. En su libro Verdad y mentira en la política explica algo sencillo: una cosa es mentir sobre un hecho puntual, por ejemplo, negar que ocurrió un accidente que sí ocurrió, y otra muy distinta es intentar borrar la realidad completa que ese hecho representa. La primera mentira se puede desmentir, porque sigue existiendo una realidad compartida contra la cual compararla: las pruebas, los testigos, los registros. Pero cuando esa realidad compartida empieza a desaparecer, cuando cada bando tiene “su” propia versión de los hechos, sin ningún punto en común ya no hay forma de desmentir nada, porque no queda un terreno neutral donde verificar la verdad.
Por eso el storytelling, que es la técnica para contar historias que conmuevan, conecten y convenzan al electorado ya no alcanza para explicar lo que pasa hoy con el poder.
El storytelling buscaba convencer a partir de una historia. La fakecracia busca algo más ambicioso y más peligroso: que la versión de quien gobierna deje de ser “una historia más” y se convierta, simplemente, en la realidad oficial, la única que cuenta.
En la segunda parte de esta columna veremos cómo dos pensadores —Moisés Naím y Byung-Chul Han— explican, cada uno desde su trinchera, cómo se construye y se sostiene esa maquinaria.
