LO QUE EL PODER DICE SIN HABLAR

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Opinión de Dra. Irma Chesty Viveros

Se ha vuelto una imagen habitual en la política mexicana que la autoridad proclama cercanía con la ciudadanía mientras permanece en lo alto de una tarima, resguardada por un dispositivo de seguridad y a varios pasos de distancia del público. Por lo tanto, mientras el discurso promete proximidad, la imagen comunica distancia. Y esa contradicción no pasa inadvertida.

La ciudadanía quizá no hable de ello , pero la percibe y este hecho se instala como una incomodidad persistente, una sensación de incongruencia que, con el tiempo, erosiona la confianza más que cualquier crítica opositora. En política, lo que no se dice también pesa, hay una frase coloquial que representa perfectamente este hecho que dice “hay cosas que de ver se ven” y en política es común.

La comunicación no verbal del poder es, paradójicamente, la más determinante y la menos atendida. Mientras se cuida cada palabra del mensaje institucional, rara vez se revisa lo que comunican el cuerpo, el protocolo, los espacios y los silencios. Pero todo comunica, siempre.

La distancia física, por ejemplo, no es logística: es política. Un gobernante que camina entre la gente, que escucha sin prisa, proyecta accesibilidad real. El que llega en caravana y se retira de inmediato, aunque hable de cercanía, transmite lo contrario. La ciudadanía mide en metros lo que el discurso intenta explicar, por lo que a veces nos quedamos más con lo que dictan los hechos que con las propias palabras.

También hablan los silencios. No todo requiere declaración. Elegir cuándo hablar y cuándo no comunica carácter. El silencio ante lo irrelevante proyecta control; la presencia discreta en momentos clave, compromiso. La narrativa también se construye con lo que se omite. No se puede responder a todo, como tampoco puedes guardar silencio en todo. Aquí la experiencia y el pulso político determinarán que acción debes tomar.

El entorno refuerza o contradice el mensaje. Oficinas accesibles, atención eficiente y espacios dignos comunican vocación de servicio y cercanía con los ciudadanos. Barreras, trámites hostiles o desorden institucional dicen lo contrario. Antes que cualquier campaña, la experiencia cotidiana define la percepción pública.

Y, sobre todo, hablan las personas. Funcionarios de ventanilla, enlaces territoriales, mandos medios: ellos son el gobierno en la práctica. Un mal trato o una gestión indiferente pesan más que cualquier esfuerzo de comunicación. La imagen institucional se construye o se destruye en esos encuentros diarios.

Corregir esto no es retórico, es operativo. Implica observar con mirada externa, diseñar cada aparición pública con intención y formar a quienes están en contacto con la ciudadanía como verdaderos comunicadores institucionales.

De cara a los procesos por venir, lo que permanece no son los discursos, sino las experiencias. La atención recibida, la cercanía real, la respuesta concreta. El poder que ignora lo que comunica sin palabras termina descubriendo que las palabras, por sí solas, nunca fueron suficientes.

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