Serie: “Después de la última conexión”
Opinión de Eleaney Sesma
A propósito de la próxima celebración de Dia Muertos y de los preparativos que se hacen para festejar en grande esta tradición milenaria, habremos de iniciar una pequeña miniserie de cuatro entregas que le titule: “«Después de la última conexión», en la que vamos a abordar desde los muertos que descansan en el panteón, a los que regresan cada noviembre en forma de recuerdo, y algunos que, sin proponérselo, se quedaron atrapados en ese territorio extraño donde la vida parece no terminar nunca: las redes sociales.
Lo pensé por primera vez al encontrar, en una publicación de un político jarocho, el comentario de un hombre que yo sabía había muerto. Lo había conocido en vida, coincidimos en la política y también tuvimos nuestras diferencias. No éramos amigos entrañables, pero sabía quién era, conocía su trayectoria y tenía claro que ya no estaba entre nosotros. Sin embargo, ahí aparecía su nombre, saludaba, comentaba y participaba en conversaciones digitales como si el tiempo no hubiera pasado, como si su ausencia física no hubiera interrumpido su presencia pública.
Meses después de su fallecimiento, volví a encontrarlo en otras publicaciones. Su perfil seguía ahí, con su fotografía, su nombre y una actividad que parecía no haberse enterado de su muerte. No sé quién escribía aquellos mensajes ni pretendo adivinarlo. Tampoco es mi intención juzgar a quienes encuentran en las redes una manera de mantener cerca a sus seres queridos, el duelo tiene caminos que no siempre comprendemos desde afuera.
Pero aquella experiencia me dejó una pregunta que hasta entonces nunca me había planteado: ¿qué sucede con nuestra voz digital cuando ya no estamos aquí para decidir qué queremos decir? Durante mucho tiempo, la memoria de quienes morían permanecía en las fotografías familiares, las cartas guardadas en un cajón, los libros subrayados o las historias que alguien contaba durante una comida. Eran objetos y recuerdos que podían conservarse, compartirse o, simplemente, dejarse descansar.
Ahora también dejamos perfiles, fotografías, conversaciones, opiniones y una colección de huellas digitales que pueden sobrevivirnos durante años. Nuestra cuenta puede seguir abierta cuando nuestro corazón ya dejó de latir; nuestro nombre puede continuar apareciendo en conversaciones que jamás volveremos a leer. Pero surge una diferencia que me parece importante, no es lo mismo conservar el perfil de alguien para honrar su memoria que mantener una actividad que haga parecer que esa persona continúa hablando por sí misma.
Una fotografía compartida en su cumpleaños, una anécdota o un mensaje de cariño pueden ser formas legítimas de recordar. Pero cuando una cuenta pública comentarios, recomendaciones u opiniones en nombre de alguien que ha muerto, la pregunta deja de ser únicamente emocional. También se vuelve una cuestión de identidad, voluntad y respeto.
¿Quién decide qué debe decir una persona después de su muerte? ¿Puede alguien seguir hablando con su nombre cuando ella ya no está para elegir sus palabras? ¿Y qué ocurre cuando quienes visitan ese perfil no saben que detrás de la pantalla ya no está su titular?
No escribo estas preguntas para señalar a una familia ni para dictar cómo debe vivirse el duelo. Las escribo porque, mientras aprendemos a despedirnos de quienes amamos, también necesitamos pensar qué lugar queremos que ocupe nuestra identidad digital cuando llegue nuestra propia despedida.
Tal vez algún día debamos hablar con nuestros hijos, dejar instrucciones o decidir qué queremos que suceda con nuestras cuentas. Porque nuestra vida digital también forma parte de lo que somos, de lo que pensamos y de la manera en que nos presentamos ante los demás. La muerte siempre ha dejado preguntas pendientes. Ahora, además, nos deja perfiles abiertos.
Ha llegado el momento de entender que recordar a quienes se fueron no significa necesariamente mantenerlos hablando para siempre, morir es dejar de estar. Pero en las redes sociales, al parecer, también tendremos que aprender a despedirnos de la manera en que permanecemos.
