@pablojair
Fue por ahí de finales de 1997, principios del 98, cuando conocí a Andrés Ladrón de Guevara. Un tipo que impresionaba por su estatura, corpulencia y porque tenía una voz muy seria, como de locutor.
Cuando empecé en medios de comunicación en Minatitlán, fue él quien me recibió para una entrevista programada con un ejecutivo del entonces Cablecanal (perteneciente a la empresa Cablemás, hoy parte de IZZI); en lo que esperaba, me pasó al “master”, donde se encontraba editando con su isla de edición y montones de pequeñas televisiones y videocaseteras.
Ahí platicamos y me di cuenta que Andrés tenía una vibra poca madre; un vato de lo más alivianado, super chido; que si bien tenía un semblante serio, era la persona con el carácter más amable del mundo.
Andrés Ladrón de Guevara era parte fundamental del canal de televisión de Mina, que para entonces ya había pasado su mejor época, pero estaba todavía al aire haciendo ruido junto con entrañables amigos como Norma, Ethel, Octavio, Doña Angélica Joaquín, mi brother Jorge Can, Jorge Caba y otros más que (me perdonen) escapan a la memoria.
Todos los programas pasaban por Andrés: la edición, la producción. Era el hombre a quien tenía que aprendérsele.
Y sí, muchos pasamos por su escuela (en esa época no había nada por computadora). Con Andrés muchos aprendimos a usar una cámara profesional, una isla de edición, el manejo de las mezcladoras, de las luces, los términos como el “Q”, etc. Con él pasamos desveladas editando comerciales, intros, segmentos para el noticiero; muchas horas buscando efectos, títulos, música…
Reitero: fuimos muchos quienes todavía seguimos en medios y nuestro primer maestro fue Andrés. Por eso siempre se le recuerda con afecto.
Pero no solamente era el trabajo, porque Andrés también es un gran amigo personal con el que compartíamos el lonche y tuvimos largas pláticas. Muchas veces, para ahorrarnos el taxi, caminábamos desde las instalaciones del canal en la Nueva Tacoteno hasta los rumbos del Tercer Batallón de Infantería, por donde vivíamos casi como vecinos.
Otras anécdotas muy entrañables fueron las coberturas en vivo de los Carnavales o eventos deportivos.
En alguna ocasión —en algún momento de ocio— nos poníamos por las noches a subir videos musicales y a narrar como si estuviésemos en radio, usando incluso de fondo el ruido de un helicóptero para simular que andábamos rolando por los aires en Mina.
A veces regresando de Coatza, en la batea de las camionetas de los técnicos que nos daban el “ride”, veníamos desahogándonos a todo pulmón con leperadas y mentándole la madre a los directivos de Cablemás, ya que el viento (por la velocidad del vehículo) se llevaba nuestras palabras.
Por decisiones estratégicas de la empresa, se trasladó el CableCanal a Coatzacoalcos y Minatitlán se convirtió en una corresponsalía. Para allá se fue Andrés y se convirtió en el productor titular, consolidando un medio fuerte por varios años. Ahí también conocería a su compañera de vida: Gabriela.
Con Gabriela formó una pareja no sólo sentimental, sino que eran el uno-dos para trabajos de edición o coberturas. Ella misma también dice que fue su maestro.
Pero como ocurre regularmente en los medios, Cablecanal y Cablemás desaparecieron.
La experiencia de Andrés no terminaba ahí. Se crearía la televisora de Diario del Istmo (el periódico más influyente en el sur de Veracruz) y el “gordo” fue reclutado. Desde ahí siguió produciendo y enseñando a jóvenes periodistas los pininos de la televisión que incluso ganaron premios nacionales. También tuvo la dicha de trabajar en ese medio con su primogénito, Andrés Jr, a quien le enseñó el oficio.
Por azares del destino también terminó trabajando en Radio-Hit, una estación muy escuchada en el sureste. Hasta donde sé, ahí terminó su odisea por medios de comunicación.
Su salida de medios fue por amor: para cuidar a Gabriela de un terrible padecimiento del que, afortunadamente, pudo recuperarse.
Hace algunos años, y luego de la recuperación de Gaby, decidieron comenzar una nueva vida en Yucatán (Coatza se volvió un lugar caótico en cuestiones de seguridad). Querían estar en un lugar tranquilo para criar a su hija.
Si bien no teníamos contacto tan seguido en los últimos años, de vez en cuando cruzábamos un saludo o chisme por el Whatsapp; un “like” o comentario en el Feis; o felicitaciones navideñas o de cumpleaños.
Lo que sí era notable es que en sus fotos lucía diferente. Ya se había quitado su característico bigote y ahora lucía más delgado.
Hace unas semanas atrás, supe que padecía una horrible enfermedad, de esas en las que la impotencia cala muy profundo.
Andrés hace unos días envío un mensaje de voz y e hizo una llamada para avisar que luego de una estancia en el hospital, iría para su casa. En verdad no supe qué decir, sólo que todo iba a estar bien. Su imponente vozarrón ya era muy quedita.
Este martes 25 de febrero, cerca de las 14:20 horas, Andrés trascendió. Se fue en paz y sin dolor en tierra de los mayas; con viaje directo al ka’an.
Hoy sólo nos queda decir lo mucho que queremos a Andrés. Lo mucho que estamos agradecidos por todas sus enseñanzas, por su amistad, por su cariño. Que si varios estamos en este rollo de los medios, es gracias a él, a su paciencia, a su buen humor, a que te escuchaba.
Al maestro Andrés quizás no lo conocieron las nuevas generaciones de periodistas en Coatza, pero habemos todavía quienes lo recordamos sentado en el “master”, frente a sus pantallas y sus consolas, siempre con esa sonrisota.
Maestro, solo quiero decirte que te abrazo a la distancia y agradecerte siempre por todo. Tu legado siempre lo recordaremos.
Descansa en paz, querido Andrés.