Dra. Irma Chesty Viveros
Luchar por el control de la agenda es una necesidad estratégica para cualquier administración moderna. En el escenario de la comunicación política contemporánea, se ha vuelto evidente que dirigir la conversación pública resulta tan fundamental como implementar políticas de Estado. La llamada agenda mediática, ese dominio sobre los temas que captan la atención ciudadana, se ha consolidado como un eje central de la gestión gubernamental. En un mundo saturado de mensajes y voces, quien logra imponer el tema del día no solo informa, sino que condiciona la manera en que la sociedad interpreta la realidad.
El concepto de agenda setting, acuñado por los teóricos de la comunicación hace décadas, parecía perder fuerza con la irrupción de las redes sociales y la multiplicación de plataformas digitales. Sin embargo, la práctica política confirmó su innegable vigencia; quien controla la agenda, controla la conversación pública. El éxito radica en diseñar una política de comunicación sistemática y eficaz, capaz de establecer una cita constante con los ciudadanos. Así, la administración no solo cumple con la función de informar, sino que fija el tema dominante, orienta el debate y obliga a los diversos actores políticos y mediáticos a reaccionar dentro de su marco narrativo. En otras palabras, la agenda no es solo comunicación: es poder.
Dominar la narrativa es una de las estrategias más consistentes en el arte de gobernar. No se trata únicamente de la frecuencia del mensaje, sino de la capacidad de generar opinión pública y cohesionar el diálogo en torno a los objetivos del gobierno. No obstante, el éxito de esta fórmula depende de que el líder logre conectar genuinamente con los ciudadanos, ganándose su atención y confianza. Controlar la agenda es, en esencia, ejercer el liderazgo temático e impedir que la oposición o los factores externos definan el marco de discusión.
Para imponer una línea narrativa y construir una red propia de difusión, resulta crucial utilizar un lenguaje persuasivo que no se desvíe del relato central, aun cuando este se exprese a través de múltiples voces o historias. Todas deben converger hacia el mismo fin que es consolidar una percepción de cercanía y dirección política. La importancia también radica en cuidar tu narrativa principal, esa que ha marcado tu discurso y que te da identidad frente a los ciudadanos.
Ahí tenemos el caso de Zohran Mamdani en las recientes elecciones a la alcaldía de Nueva York. Su victoria se define como exitosa porque logró una narrativa que tocó las fibras sociales y conectó profundamente con los ciudadanos. Mamdani no se movió de su eje central, defendiendo su identidad y exponiendo una historia que comparten miles de neoyorquinos. Su persona y su discurso encarnaron la diversidad y la lucha de la ciudad, un factor crucial para movilizar a las bases.
Aquí es donde la ciencia política y la sociología cobran relevancia. La narrativa debe ir más allá del estudio de comportamientos; necesita comprender la conducta social, interpretarla y traducirla en relatos que resuenen con la cultura, las tradiciones y las percepciones colectivas. Existe el riesgo, por supuesto, de que este enfoque se aproxime a lo que se denomina “post-verdad”, donde el impacto emocional del relato puede, en ocasiones, prevalecer sobre el dato objetivo.
Habrá que estar también atentos a la trampa política de la burbuja de realidad oficial. Al controlar lo que se discute, una administración corre el riesgo de generar una disociación peligrosa entre la realidad que se narra desde el poder y aquella que se vive, es decir, la que muestran los indicadores de gestión. La estrategia narrativa debe ser un puente hacia la comprensión, no un muro contra las realidades incómodas.
En política, no basta con gobernar, hay que narrar. Quien dirige la agenda no solo decide de qué se habla hoy, sino también cómo será juzgado y recordado ese periodo. Al final, el verdadero campo de batalla no son los éxitos puntuales, sino la memoria colectiva; ese es el espacio donde el poder se consolida o se disipa definitivamente.
