GOBERNAR CON EVIDENCIA: EL RETO IMPOSTERGABLE

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Opinión de Dra. Irma Chesty Viveros

La ciudadanía exige hoy a los gobiernos estatales y municipales algo mucho más contundente: que dejen de “contar lo que harán” para comenzar a “demostrar lo que realmente hacen”; que pasen de una narrativa promesista a la evidencia verificable. Este es un requisito indispensable para gobernar con credibilidad.

Los habitantes se han vuelto más críticos, más informados y, sobre todo, menos tolerantes con la incoherencia. Vivimos nuevos tiempos en materia de comunicación: la información nos rebasa ante las miles de opciones en una sociedad mediatizada, donde es precisamente la información la que se ha convertido en un elemento estructural tanto del poder como de la vida social, y donde las personas han encontrado espacios para expresarse a través de las redes sociales.

En el ámbito municipal y estatal, donde la proximidad vuelve todo más visible, no queda espacio para el maquillaje ni para narrativas vacías de contenido y acción. Por ejemplo, ningún alcalde puede proclamarse transparente si su portal de finanzas es incomprensible o simplemente no existe. Ningún gobernador puede hablar de desarrollo mientras sus carreteras están olvidadas. No olvidemos que hoy lo que sabemos del mundo proviene en gran medida de los medios, especialmente de las plataformas digitales.

La historia puede inspirar; la acción, en cambio, es lo único que hoy legitima. Lo que antes era un problema de comunicación ahora es un problema de gobierno. Por eso, todos los niveles de gobierno deben conquistar a los ciudadanos con acciones que legitimen su trabajo. En la vida pública, pasar de contar promesas a demostrar resultados debe ser una práctica cotidiana que se refleje en decisiones muy concretas:

De la narrativa de eficiencia a los trámites que realmente funcionan.
Si un gobierno presume eficacia, debe sostenerla con trámites ágiles, sistemas de ventanilla única y procesos digitales que eliminen la corrupción y las filas interminables. La comunicación ya no es el anuncio: es la constancia del trámite entregado sin intermediarios ni obstáculos.

De la promesa de obra pública a la infraestructura verificable por cualquier ciudadano.
Cuando se anuncia una inversión “histórica”, el compromiso real consiste en permitir que la ciudadanía consulte avances, presupuestos ejercidos y calendarios de entrega. La legitimidad no proviene de la foto del arranque, sino del progreso medible que cualquiera puede revisar.

De la empatía en el discurso al servicio público que responde.
La sensibilidad social no se acredita con mensajes conmovedores, sino con la capacidad de atender reportes ciudadanos en tiempo real. Una queja en redes sobre un bache, una luminaria o una fuga de agua debe activar un protocolo de atención, no una respuesta genérica del área de comunicación. La comunicación solo se completa cuando el problema está resuelto y el ciudadano lo constata.

En un país donde la desconfianza hacia las instituciones es profunda, el liderazgo ya no se define por la elocuencia del orador, sino por la coherencia entre sus declaraciones y los resultados tangibles. El funcionario que demuestra lo que hace no necesita adornar su discurso: la evidencia habla por él.

La política contemporánea ha desplazado su centro de gravedad: hoy, el hecho y no la palabra, es el verdadero poder.

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